Álvaro de Juana escribe en LA RAZON del 3 de abril de 2005:
El Concilio Vaticano II iniciado por Pablo VI y finalizado por Juan Pablo II supuso la renovación y la concepción de nuevos retos para la Iglesia católica. Durante este concilio, en diciembre de 1965, Pablo VI firmó el decreto «Ad Gentes», sobre la actividad misionera de la Iglesia. En él se instaba a la misión y la evangelización, para la implantación «de la Iglesia en los pueblos o grupos en que todavía no ha arraigado».
El Concilio Vaticano II realizó una clara invitación a todos los que forman el Pueblo de Dios a la transmitir el Evangelio mediante la evangelización y la predicación en cualquier lugar del mundo: «Puesto que toda la Iglesia es misionera y la obra de la evangelización es deber fundamental del Pueblo de Dios, el Santo Concilio invita a todos a una profunda renovación interior a fin de que, teniendo viva conciencia de la propia responsabilidad en la difusión del Evangelio, acepten su cometido en la obra misional entre los gentiles» (Cap.VI, 35).
Más tarde, Juan Pablo II en 1988 dio a conocer la “Exhortación apostólica Post-Sinodial Christifidelis Laici” sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo. En ella el Pontífice acuñó un nuevo término que sería clave a partir de ese momento: la “nueva evangelización”. A ella, el Santo Padre se refirió en esta exhortación aludiendo a la creciente secularización y descristianización de los pueblos y a la necesidad de un nuevo impulso misionero: «Es verdaderamente grave el fenómeno actual del secularismo; y no sólo afecta a los individuos, sino que en cierto modo afecta también a comunidades enteras, como ya observó el Concilio: “Crecientes multitudes se alejan prácticamente de la religión”. Varias veces yo mismo he recordado el fenómeno de la descristianización que aflige los pueblos de antigua tradición cristiana y que reclama, sin dilación alguna, una nueva evangelización» (Chr. Lai. 4). Y, de forma rotunda, subrayó que “Sólo una nueva evangelización puede asegurar el crecimiento de una fe límpida y profunda, capaz de hacer de estas tradiciones una fuerza de auténtica libertad» (Cap III, 34).
El sentido de esta «nueva evangelización», según Juan Pablo II, es el de «la formación de comunidades eclesiales maduras, en las cuales la fe consiga liberar y realizar todo su originario significado de adhesión a la persona de Cristo y a su Evangelio, de encuentro y de comunión sacramental con Él, de existencia vivida en la caridad y en el servicio». Desde la publicación de la exhortación «Christifidelis Laici», el Papa no se ha cansado de recordar a los fieles la necesidad de la predicación y de un nuevo impulso evangelizador que llegue a todo el Orbe.
Gracias al Concilio Vaticano II, a este nuevo impulso misionero y a la acción del Espíritu Santo, han surgido una serie de realidades eclesiales, movimientos, o nuevas comunidades, en los que Juan Pablo II puso su esperanza, y la de la Iglesia, al ver los cuantiosos frutos que han ido brotando de ellos.
El 30 de mayo de 1998, en la Vigilia de Pentecostés del año conmemorativo del Espíritu Santo, tuvo lugar el encuentro del Papa con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades. A él asistieron 180.000 miembros de esos movimientos y realidades eclesiales con sus fundadores y dirigentes a la cabeza. Entre ellos estaban Chiara Lubich, fundadora de los Focolares, Kiko Argüello, iniciador del Camino Neocatecumenal, Luigi Giussani, fundador de Comunión y Liberación, el sacerdote Marcial Maciel, de Regnum Christi, el profesor Andrea Riccardi de la Comunidad de San Egidio y Joaquín Alliende, de Schoenstatt.
Juan Pablo II, en el discurso que realizó con ocasión de este encuentro en la Plaza de San Pedro en mayo de 1998, afirmaba que «el aspecto institucional y el carismático son casi coesenciales a la constitución de la Iglesia y contribuyen, si bien de distinta manera, a su renovación y a la santificación del Pueblo de Dios. Precisamente a partir de este providencial redescubrimiento de la dimensión carismática de la Iglesia, antes y después del Concilio ha ido afirmándose una línea especial de desarrollo de los movimientos eclesiales y de las nuevas comunidades». Y animaba a los presentes a acoger a estos carismas «¡Abríos dócilmente a los dones del Espíritu! ¡Acoged con gratitud y obediencia los carismas que el Espíritu no deja de dispensar! ¡No olvidéis que todo carisma se da para el bien común, es decir, a beneficio de toda la Iglesia!».
En el mensaje a los participantes del congreso mundial de los movimientos eclesiales y nuevas comunidades, el Pontífice subrayó el interés que le producían estas realidades y subrayó que «he tenido ocasión de apreciar los frutos de su dilatada y creciente experiencia en el curso de las visitas pastorales a las parroquias y durante mis viajes apostólicos», y añadió que «ellos representan uno de los frutos más significativos de esa primavera de la Iglesia anunciada en su día por el Concilio Vaticano II». La presencia de estas realidades eclesiales «es alentadora, ya que demuestra que esta primavera avanza, manifestando el frescor de la experiencia cristiana basada en el encuentro personal con Cristo», manifestó Juan Pablo II.
Los nuevos movimientos y comunidades han sido una de las ayudas más fuertes de Juan Pablo II a lo largo de su pontificado. El Papa, en numerosas ocasiones, se ha reunido con sus responsables y miembros para mostrarles su cariño y agradecimiento.
Cada una de estas s realidades eclesiales nace con una vocación concreta, en el caso del Camino Neocatecumenal, un itinerario postbautismal para el redescubrimiento del bautismo vivido en pequeñas comunidades a imagen de la Sagrada Familia de Nazaret es el de la misión. El Regnum Christi, tiene por vocación apostólica el hacer que la salvación redentora de Jesucristo llegue a todos los hombres. El mensaje y el medio de otros es el de la unidad, como en el caso de los Focolares. La Renovación Carismática busca la revitalización de la permanente presencia pentecostal del Espíritu Santo en su Iglesia. El Opus Dei o la Obra, que es una prelatura personal, promueve entre los fieles cristianos de toda condición una vida plenamente coherente con la fe en las circunstancias ordinarias de la existencia humana y especialmente a través de la santificación del trabajo.
Otros movimientos como son Comunión y liberación, Schoenstatt, o la comunidad de San Egidio contribuyen también a la evangelización y, junto a los demás movimientos ya citados, constituyen una gran ayuda para la Iglesia católica.
Una de las características principales de todos estos nuevos movimientos y realidades eclesiales es el gran número de jóvenes que pertenecen a cada uno de ellos. Es el caso de Comunión y liberación, los Focolares, o el Camino Neocatecumenal. Este aspecto siempre ha sido halagado por el Santo Padre, que considera a los jóvenes el futuro de la Iglesia. Además, han surgido un gran número de vocaciones sacerdotales y religiosas, así como de misioneros que prediquen el Evangelio en cualquier lugar del mundo.
Algunos de estos movimientos y nuevas comunidades han visto en Juan Pablo II su más firme valedor y han obtenido de él un gran apoyo que, se ha visto recompensad, en muchos casos, con la aprobación de los estatutos o reglas de vida que les rigen. La «nueva evangelización» del Papa ha revitalizado a la Iglesia católica y la ha dotado de nuevos misioneros que prediquen el Evangelio en cualquier parte del mundo.







